El encanto de Robert Doisneau

“Existe esa cosa misteriosa que se cuela por azar y a la que yo llamo el encanto. Esa especie de aroma surge mucho tiempo después. Hay imágenes que envejecen bien y que envejecerán cada vez mejor. Ésas son las buenas fotos”. Así explicaba el fotógrafo francés Robert Doisneau (Gentilly, 1912-París, 1994) lo que para él era una buena fotografía.

Robert Doisneau es uno de los representantes más importantes de la fotografía humanista, y durante muchos años se le ha considerado como el trovador del París pintoresco, con una mirada cautivadora y un sentido único por las anécdotas visuales inesperadas.

Conocido como “el poeta de los momentos puros”, dio el salto desde la fotografía artesana a la obra de arte con gran naturalidad, capturando en película fragmentos de un mundo del que quería dar testimonio. Instantes que el joven Doisneau capturaba mientras deambulaba pertrechado con su inseparable compañera, su cámara Rolleiflex, por las calles de París y por las callejas del barrio donde había nacido.

Gracias al intelectual Robert Giraud, a quien conoció en 1947, tuvo acceso a un mundo nocturno que se encontraba alejado del suyo, el de un pequeño burgués, y del cual, quizás por esa razón, quedó absolutamente fascinado.

Su primer libro, un proyecto conjunto con Blaise Cendrars, La Banlieu de Paris (Los suburbios de París), fue publicado en 1949. El éxito llegó pronto, sus fotos se hicieron famosas en todo el mundo y se convirtió en el retratista de una ciudad, París, y de un mundo en parte real y en parte inventado, en el que a todos les hubiera gustado vivir.

Icónica es su foto Los amantes del hotel de Ville (1950) en la que una joven pareja se besa apasionadamente en una calle de París, como también lo es Los panes de Picasso (1952), en la que un Picasso con su típica camiseta de estilo marinero simula tener por manos dos grandes panes. Estas dos imágenes se exhiben junto a otras que recogen momentos cotidianos del París del siglo pasado, como Los hermanos (1934), Escolar castigado (1956) o Los mandiles de Rívoli (1978), en la que capta a un grupo de preescolares enganchados a sus baberos cruzando esta calle parisina.

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